martes, 8 de enero de 2013

Trabajo final


Esta es la continuación de lo que se podría llamar primer capítulo que escribí para el primer ejercicio de la asignatura, espero que os guste y os deje con ganas de más.


 

Fantasmas del pasado

Cercanías de Jaffa finales de Noviembre de 1187

Habían pasado dos días desde su salida de la prisión gracias al encapuchado misterioso. Ese tiempo lo había pasado en compañía de sus dos lacayos de los cuales había descubierto que eran mercenarios de la zona contratados por este como protección. No eran muy habladores entre ellos y se apreciaba a la legua que no tenían un gran intelecto. Alonso llevaba eso dos días maniatado guiado por sus captores de camino al puerto de Jaffa por lo que su recorrido hasta Acre se hacía más lejano. Según lo poco que había entendido de sus palabras tenían la intención de tomar un barco a Messina desde este puerto. No había vuelto a ver a aquel hombre misterioso que le había sacado de la prisión, pero sabía que se encontraría con ellos en el puerto de Jaffa debido a que tenía unos asuntos que solucionar según había dicho antes de partir.

Alonso había recuperado su espada pero la guardaban sus captores como el resto de viandas para el viaje, el cual estaba transitando fuera de los caminos normales, hecho que le preocupaba bastante ya que los dos mercenarios al ser sarracenos no tenían nada que temer ya que ahora estas tierras eran propiedad de Saladino. Y pensar que hace unos meses pertenecían al reino de Jerusalén… otrora poderoso reino, había sido llevado a la ruina finalmente debido a las malas decisiones de su reciente coronado rey, sucesor de Balduino, el rey leproso; Guido de Lusignan, el cual abandonó la posición defensiva que le otorgaban sus fortalezas para enfrentarse en campo abierto a Saladino. Alonso había tenido la oportunidad de ganarse una buena paga por acompañar al ejército cruzado pero prefería mantener la cabeza sobre los hombros antes que ser el más rico del cementerio. Sabía de la dificultad para abastecer a un ejército tan numeroso en esas tierras tan áridas en la mitad del verano y que Saladino elegiría el terreno donde combatir más a su favor. Y así ocurrió que el ejército cristiano fue totalmente destruido en la batalla de los Cuernos de Hattin produciéndose el colapso del reino de Jerusalén que ya no tenía posibilidad de defenderse, por lo que ahora era cuestión de tiempo que se produjera la reclamación de todos esos territorios por parte de los sarracenos.

Todos estos movimientos políticos le daban igual a Alonso, le importaba más el devenir de su existencia ya que todavía no sabía el misterioso interés que tenían por él estas nuevas personas que habían aparecido en su vida. La marcha era lenta ya que no tenían caballos y no seguían los caminos normales, por lo que el viaje transcurría por tierras secas hasta llegar a la provincia de Jaffa. Faltaba un día de jornada para llegar a la ciudad cuando pararon a hacer noche. Los dos guardias eligieron como refugio nocturno una pequeña cueva guarnecida entre las rocas de una diminuta cordillera que se erigía en mitad de esas tierras. Se concienciaron que no había animales dentro y montaron en cuestión de segundos una pequeña hoguera para protegerse del frío de la noche. A pesar de que en Oriente el calor era habitual, por las noches el frío se hacía patente y más en los meses de noviembre y diciembre en los que Alonso pensaba que se encontraban. Los últimos días en la prisión le habían hecho habituarse al calor de aquel horno y ahora el contraste le hacía recordar el frío que sintió de joven al estar cerca de los Pirineos, no era nada comparable, pero la habituación a la prisión se lo producía. Se encogió entre los pocos ropajes de los que disponía y comenzó a añorar su tierra aragonesa a raíz de las sensaciones que estaba sintiendo.

Apuraron los últimos alimentos que habían conseguido para el viaje: unos cuantos trozos de pan medio duro con sémola, varios dátiles y un gran trozo de queso de cabra que se repartió entre los tres con gran generosidad para sorpresa de Alonso. Le quitaron sus ataduras para no tener que darle de comer, pero los dos guardias le vigilaban atentamente mientras hablaban en su lengua de la que Alonso, a pesar de llevar varios años en Tierra Santa poco conocía con todo lo que la había escuchado. Ahora se lamentaba de no haber prestado mayor atención en el pasado a esta lengua y poder saber más sobre los planes que tenían guardados para él. Pero también era normal su falta de atención, su llegada a Tierra Santa se había producido para huir de su pasado, era lo único que le interesaba…

 Un sonido en la oscuridad activó al pequeño grupo y uno de los guardias desenvainó su cimitarra ante la amenaza. Ando sigilosamente hasta los árboles cercanos que guarnecían las inmediaciones de la cueva y un sonido hueco calló la fría noche. Unos instantes después, apareció de nuevo la figura desaparecida entre las sombras ,pero esta vez con una larga sonrisa y una gran liebre con un gran tajo en el vientre. Más cena. El olor de la carne asándose en el fuego hacia que Alonso salivara como un sabueso. En esta ocasión no fueron tan generosos con él y no le toco parte de ese nuevo suculento plato. En la prisión no había comido bastante en los días de su cautivo así que hizo lo mismo que en esos días, dormir. Después de terminar de devorar al animal, uno de sus vigilantes hizo lo mismo mientras que el otro comenzó la guardia.

 

 

Claudia, Marco y el resto de hombres buscaban algún refugio para pasar la noche. Había sido un buen día: dos caravanas mercantes con especies, perfumes, telas y todo tipo de abalorios de lujo, era un buen botín. Una pena que Claudia tuviera que mantener su condición de mujer oculta tras sus ropajes para que el resto del grupo no tuviera deseos lascivos y entorpeciera las tareas de la banda. Los hombres no aceptarían una mujer como compañera de armas. Los vestidos que había en las caravanas eran dignos de princesas y Claudia en su interior quería ser una de ellas, a pesar de su fuerte carácter y de que era capaz de vencer a cualquier hombre con la espada, deseaba convertirse en una princesa, como todas las niñas de su edad, tan solo tenía dieciocho años. Solo su hermano Marco sabía de la existencia de la mujer en el grupo, los otros componentes del grupo eran dos franceses, un sirio, un egipcio y por último un napolitano; se habían juntado porque les convenía a todos. Daban igual sus diferencias religiosas y culturales, eran tiempos de guerra y las caravanas no salían sin una escolta de quince hombres como mínimo. Su grupo era una temible banda de saqueadores que vendían cualquier cosa que robaban y repartían los beneficios a partes iguales, la convivencia no era fácil y la comunicación menos todavía.

Hacía ya año y medio que Marco y Claudia habían abandonado su Florencia natal, debido a las deudas que había contraído Marco con sus apuestas en los lujuriosos burdeles florentinos. Los dos tomaron un barco en Venecia con lo poco que les quedaba con rumbo a Jerusalén. Marco era un hombre de unos veintidós años con una estatura normal, ni guapo ni feo, con los ojos color miel y pelo castaño, no destacaba en nada, ni física ni mentalmente, era un hombre de números, su padre había sido un banquero exitoso que murió poco después de que su esposa diera a luz a Claudia. Trató de mantener la riqueza que le había dejado su padre, pero el gusto por el juego le llevó a la perdición. Amaba a su hermana, pero el hecho de haber perdido a su madre a la tierna edad de cinco años le creaba un sentimiento de odio por Claudia, ¿Por qué ella le había arrebatado a su madre? Claudia notó este sentimiento toda su vida y por eso al ser el único pariente directo, quitando tíos y primos trató de que su hermano la perdonara, por eso le acompañó en su huida, por este motivo y porque su vida en la villa de Florencia de sus tíos era tediosa y aburrida. Se pasaba el día cepillando el pelo de sus primas, el cual era lacio y sin encanto a diferencia de su larga melena rubia que resplandecía como el oro y que en conjunción con sus ojos conseguía que la muchacha tuviera una belleza deslumbrante. Atendía a las clases de español que la mujer de su tío Ezio les impartía, clases de canto, de costura… Soñaba con ver que había más allá de los campos de la villa, quería viajar, conocer gente nueva, vivir… Esto la motivo a emprender la marcha con su Marco.

Los hermanos cuidaron el uno del otro, pero Claudia se sintió más cómoda en un mundo de hombres y aprendió con presteza. Al llegar a Tierra Santa las oportunidades que se creían desde Occidente cayeron bajo su propio peso. A Marco le quedaba tomar las armas o robar ya que el trabajo honrado escaseaba; y viendo que el armamento corría bajo su pago era más inteligente la idea de robar. La posición de su hermana no era mucho mejor: prostitución, amancebamiento... y toda clase de barbaridades que le hicieron tomar una decisión muy drástica. Se cortó su bellísima melena rubia como un hombre. Como lloró mientras los mechones dorados caían al suelo. El resultado no la delataba a primera vista pero con un largo rato de observación de una mente un tanto despierta se podría desenmascarar el entuerto ya que los rasgos de mujer eran muy marcados en su bello rostro. A partir de entonces empezó a cubrir sus senos con telas que igualaron su torso al mismo nivel que el vientre. A simple vista parecía un joven muchacho rubio huesudo con cara de niño y con este aspecto vivió por los parajes de lo que llamaban Tierra Santa. Sus peripecias hasta aquella noche habían sido muy emocionantes para Claudia, por fin había vivido, no era lo que esperaba de la tierra de su señor Jesucristo, pero se había desligado de su anodina vida. Por el contrario su hermano sentía la necesidad de volver a una vida normal, en la que no se jugara la vida todos los días, por ello llevaba ahorrando durante medio año el fruto de sus saqueos. En mente tenía la idea de volver a Italia, quien sabe si ir a Nápoles… no, no, allí el juego le llevaría a la ruina antes que en Florencia. La tierra de los franceses le gustaría a Claudia pero tenían el impedimento del idioma y conociendo a las personas que había conocido en estas tierras... ese pensamiento cada vez era mas tenue y alejado. Lo que cada vez alcanzaba una mayor fuerza era la de viajar a Barcelona, los dos conocían el idioma gracias a las enseñanzas de su tía María cuando eran pequeños. Allí a lo mejor podrían volver a tener una vida normal y estaban alejados de las disputas del sur de la península.

Estaban llegando a una de las cuevas que habitualmente usaban como refugio y para guardar parte del botín de sus emboscadas, cuando el egipcio los hizo agacharse rápidamente con un fugaz chasquido de dedos. Desde el suelo pudieron ver una hoguera cerca de la cueva y a un par de hombres dormir a pierna suelta. Los dos franceses cargaron virotes en sus ballestas preparados para asaetear a aquellos desconocidos, cuando de pronto una cimitarra apareció de entre las sombras partiendo a uno por la mitad y cortando el cuello del otro. El napolitano rápidamente le lanzó uno de sus cuchillos que acabó en la garganta del hombre, tras esta velocísima maniobra todo parecía de cara y  el egipcio rápidamente se abalanzó sobre él con su Khopesh pero su enemigo aunque malherido se deshizo rápidamente de él con una finta, haciéndole trastabillar, cayendo al suelo tenia las horas contadas, fue su perdición ya que acabo con él antes de que pudiera reaccionar. Claudia estaba asustada, un solo hombre había acabado con la mitad de su grupo en menos de un minuto. El grito que soltó el egipcio antes de morir alertó a los otros dos extraños que dormitaban, si tenían la mitad de habilidad que su compañero ya podían despedirse de esta vida pensó Claudia.

 

            Aunque Alonso no era de sueño profundo, esa noche se había dormido como si se encontrara en la cama de un rey, con una almohada de lino y un colchón de blandas plumas. El agotamiento hizo más fácil su trabajo y bajó la guardia.

Volvió a verla. Su pelo negro azabache ondulaba con el viento que soplaba en el verde prado aragonés. Era primavera, las flores de todos los colores invadían la hierba como un pequeño ejército deslumbrante asemejando diferentes estandartes. El olor a romero le invadía, pero el olor de la mujer le hacía despedirse de toda realidad, era vainilla se notaba el origen noble de la chica. Su juventud y la belleza que despedía la mujer le embobaba. Estaba feliz, porque ella estaba allí con él, solo con él y con ningún otro. Los dos tumbados a la sombra de un manzano, ella se puso encima de él y le miro con esos tiernos ojos marrones que le llegaban al alma.

            -¿Me amas?- preguntó la bella mujer.

            -Más que a mi vida… eres mi princesa- contestó Alonso. La besó cerrando los ojos y sintiendo una gran calidez, eso solo podía ser felicidad.

La mujer le apartó y comenzó a emitir una siniestra risa que asustó a Alonso, le volvió a mirar y un gritó salió de su boca, parecía que sus oídos iban a estallar.

 

Un grito en la oscuridad le despertó a él y al otro guardia que dormía a pocos metros suyos, se alteró cuando vio a unos treinta metros como el otro guardia se desangraba de rodillas con un cuchillo en el cuello, a su alrededor estaban los cadáveres de tres hombres y ya se abalanzaban para rematarle cuatro hombres más. El más delgado de ellos le dio un puntapié y le clavó su espada acabando con su existencia.

            -Lucha conmigo o muere-dijo el guardia restante devolviéndole su espada a Alonso con un marcado acento. Después de esto cogió su cimitarra y salió corriendo al grito de: “Allah u Akbar” que fue respondido por el mismo grito de uno de los atacantes.

Alonso estaba desconcertado, ese enemigo parecía sirio pero los otros tres eran cristianos. El duelo entre hermanos de fe acabo rápidamente a favor del vigilante de Alonso, su técnica de lucha era finísima y le había desarmado de dos estocadas. Los otros tres que quedaban se separaron, el más delgado de ellos se lanzó hacia Alonso rápido y liviano como una pluma, le acometió con su espada por varios frentes, los otros dos acechaban al sarraceno, por el rabillo del ojo vio mientras luchaba con el hombre delgado como uno de ellos le tiraba un cuchillo, clavándose en la fornida pierna del sarraceno. Pero tras esto no pudo mirar más el combate que se estaba librando a su lado, ya que tenia a otro enemigo lo suficientemente cerca como para poder preocuparse del otro. El hombre delgado le atacaba con fiereza y tenacidad, pero Alonso era mucho más hábil con la espada que él, le desarmo y con una zancadilla le tiró al suelo. Al mirar su rostro vio una belleza terrible en los ojos azules de ese joven rubio y delgado.

-Eres… eres una mujer- dijo Alonso mientras veía como la furia de los ojos de la persona a la que podía matar en cualquier momento, cambiaban a un registro más dulce. Soltó la espada que cayó al suelo, pero un ruido seco se mezcló con el sonido del hierro tocando la tierra. Alonso sintió una quemazón debajo del hombro, vio un virote clavado en su pecho y la vista se le empezó a nublar, se derrumbó tocando el suelo y la oscuridad le llevó.

martes, 13 de noviembre de 2012

Cartas OH y Pie quebrado: AMOR







La desesperación que me invade ante algo tan irracional es inmensa, pero esto del amor es un círculo: Toma un círculo, acarícialo, y se convertirá en un círculo vicioso. Siempre volverás a buscarlo aunque te hayan partido el corazón, aunque estés totalmente cansad@ de ello. El amor es una droga que te lleva a hacer las mayores locuras de la vida, a veces con motivo otras sin él. Lo bueno de este abismo o paraíso que podemos obtener, es la mayor felicidad en el caso positivo y en el caso negativo es que a través del sufrimiento se alcanza el conocimiento, así que debemos saber ver las cosas buenas de un desengaño amoroso, eso nos ayudara a crecer de manera extraordinaria y a través de ese sufrimiento anterior evitar que ocurra de nuevo porque ya tenemos el conocimiento necesario, una experiencia. Teniendo mis experiencias como base se que yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo y recomiendo sin ninguna duda el egoísmo al principio de cada historia en cuanto a esto del amor. Piensa primero en ti y luego en los demás, porque el que va a estar siempre ahí eres tú, todavía no sabes si esa persona lo hará igualmente, así que guárdate tus espaldas primero y sobre todo, sobre todo no te expongas poniendo a la otra persona por delante de ti si todavía no es completamente seguro, sufrirás. Ve con cuidado en esta locura llamada amor, no existen los cuentos de hadas ni lo que se ve en las películas, se fuerte si no quieres acabar en la prisión de la desesperación del amor. Y aun sabiendo todos estos males, sigo buscándolo…






ü  Toma un círculo, acarícialo, y se convertirá en un círculo vicioso. (Eugène Ionesco)

ü  A través del sufrimiento se alcanza el conocimiento. (Virginia Woolf)

ü  Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. (Camilo José Cela)



lunes, 5 de noviembre de 2012

Juana Castro Muñoz





El pasado miércoles 31 de octubre tuvimos el placer de asistir a una charla con la poeta y escritora cordobesa Juana Castro Muñoz, acompañada por la escritora argentina Noni Benegas. El ameno espacio de hora y media se produjo gracias a que Noni iba introduciendo los temas de los que iba a hablar Juana, y así fue durante todo este tiempo en el que Juana nos contó como su dura vida le había marcado y porque había empezado a escribir. Nos destacó seis momentos claves en su vida que le habían llevado a escribir pero lo que ella puso por encima de todo fue que el feminismo y el conocimiento de tal, le había llevado a ver que era necesario escribir ya que había un conflicto social y de género de por medio en el que tenía que manifestarse. Para mí lo mejor del tiempo que estuvo con nosotros fue cuando recitaba sus poemas o los leía en el caso de los que ha publicado últimamente, ya que era una maravilla oírla recitar. Juana se considera una persona a la que le gusta el recitar, ya que lo hacía en su juventud a las personas de mayor edad y como ella señaló la poesía viene por vía oral por lo que nos mostró un gran número de poemas como: Agacharse, El potro blanco, Calle Cruz de Ventura, Mordedura…
También nos dio unos cuantos consejos a la hora de crear poesía ya que como dijo: “la poesía nos puede salvar de ir al psiquiatra”; y esto viniendo de una persona que ha pasado por tantas penurias en su vida es para replanteárselo. Nos dijo que fuéramos mas allá de las emociones para crear arte y que en un poema no había que decirlo todo, que algo había que dejar escondido, que fuera misterioso como es en el caso del poema en el que hablaba de la enfermedad del Alzheimer que afectó a sus padres sin ni siquiera nombrar la enfermedad. Aconsejó que nos sirviéramos del lenguaje, de la música, la imagen y el ritmo y que contrapusiéramos temas como el amor y la soledad. Algo que me llamó la atención fue que la mayoría de sus temas venían dados por su dura biografía y que pocos habían sido elegidos, como por ejemplo el que trataba de la violencia de género: Amor mío. Por último nos recomendó escribir, guardar lo que habíamos hecho y releerlo un par de días después porque en el momento puede parecer muy bueno pero nuestro futuro yo tiene más probabilidad de verlo de forma más objetiva y de saber si lo escrito tiene calidad o no.
En definitiva, me pareció una charla bastante completa y agradable con una gran poeta y por lo que parece una gran persona que ha tenido que superar muchas dificultades en su vida, y para ello ha llevado como acompañante inseparable a la poesía, eso es algo muy importante que nos puede hacer reflexionar sobre el poder de este arte. Por último añado uno de los poemas recitados que más me gusto, porque con estas palabras es como deberían acabar todas las relaciones.
Poema tomado de: http://juanacastro.es/publlicaciones/poesia/libros/7-poemas-libros/17-arte-de-cetreria.html
De la libertad que el cetrero regala a su ave

Que Dios te guarde siempre, ave mía lejana.
Sonriamos ahora, en esta despedida
que debe ser amable. Gratitud,
dulce amiga, es toda mi oferencia.
Pues fue noble el amor, radiante
arderá mi recuerdo de ti en cada hora.
Diste gloria a mis días, y aprendí
en tu mirada la insondable
belleza de la altura.
No te rendiste nunca, y aunque el miedo
batiera tantas veces
sus alas de flor negra,
tu corazón mantuvo su bravura.
Tu respeto es mi honra, tu lealtad
la perla más hermosa que del viento
desovara en mi mano. Bendiciones
y estima, donde fueres, te acojan
y sean tu corona la firmeza,
la virtud y el valor.
Por mi lengua, correrá siempre el río
de tu rara nobleza. Y no olvides
que el amor nunca ensucia, si es tan claro
y nos crece y devuelve
al cósmico misterio de la vida.
Que te guarden los dioses
aquí y en toda ruta.
Yo te beso los ojos, y en tu frente
mis verticales votos deposito
y brindo por tu dicha.


lunes, 29 de octubre de 2012

Marta Leonor González


El pasado miércoles 24 de octubre la poeta nicaragüense y periodista Marta Leonor González se paso por nuestra clase de Escritura Creativa para darnos una charla sobre la poesía. Marta Leonor empezó contándonos su opinión sobre la poesía; para ella no era un arte del que se pueden dar recetas si no que es algo práctico, es cuestión de ponerse, de dejarse llevar y trabajar mucho en lo que se nos ocurra. Puso este video en el cual se reflejaba lo que distintos personajes decían lo que es la poesía para ellos.
 

Después de esto siguió hablándonos de la historia de Nicaragua, de la represión y de la dictadura que gobernó el país unos 40 años y como esto puede repercutir a la hora de la producción de nuevos artistas y obras. Tras esto volvió otra vez a hablarnos de la poesía, centrándose en la creación de esta apoyándose en un Power Point. Nos dijo que era algo de lo que no debíamos esperar hacernos ricos ya que vivimos en una época en la que priman las grandes novelas en detrimento de la poesía. Comentó cosas sobre la inspiración y el temido bloqueo, nos dijo que no tuviéramos miedo de bloquearnos que sacáramos todo lo que llevamos dentro y que eso se conseguía fijándonos en todo lo que nos rodea. Por ejemplo, ella nunca había visto una cigüeña y eso era algo que le podía hacer ponerse a escribir, también nos comentó que tenía un amigo que siempre que estaba con el conseguía hacerla pensar y tener inspiración. Nos hizo más partícipes de la charla cuando nos hizo levantarnos y decir una serie de consignas como: ¡Hoy voy a ser mejor! ¡No tengo miedo! Además también nos pidió que nos autoabrazasemos y nos hizo abrazarnos a todos los compañeros que estábamos en la charla. Por último nos leyó varios poemas de su última obra Paloma equilibrista donde pudimos ver el por qué de que la llamen “poeta de la ira”.

En mi opinión fue una charla bastante amena pero un tanto peculiar. Me pareció algo intermitente ya que se podía diferenciar perfectamente cuando Marta hablaba y nos contaba realmente lo que pensaba, a cuando leía lo que tenía preparado. Cuando  hacia lo primero irradiaba un magnetismo que te impulsaba a escucharla, a pesar de que personalmente no sea un gran amante de la poesía como creador, ya que me infunde demasiado respeto como para intentarlo. Cuando empezó a hablar de la creación de la poesía le quito una parte de este lastre de todo ese respeto que le tengo al crear poesía y tocó un asunto en el que últimamente llevo pensando mucho: el exprimir todo el jugo de cada momento y que ello nos haga obtener algo de cada pequeña cosa que vivimos. Así que quien sabe a lo mejor gracias a esta “normalización” de la poesía me animo a escribir algo.
 
Para finalizar os dejo con un poema de la autora:

 

Poema Charral

de Marta Leonor González


Flemática mujer de hermoso pelaje
en cintura
enmarañado pelo,
una araña carga en su pubis ancestral
negra hasta los meniscos,
perturbadora de la noche
calla, arrolla
En la esquina ebria
de Fresh Point
su rostro negra asoma,
tartamudea la anciana
medusa embadurnada de olores.




 

lunes, 22 de octubre de 2012

Escenario

Esperando en la peluqueria...




Anselmo leía el periódico deportivo mientras esperaba su maldito turno para arreglarse esos pocos cabellos grisáceos que le quedaban. ¡Ay! Poco quedaba ya de aquellos días en los que una mata negra azabache imbuía su cabeza y le tapaba totalmente la cabeza sin dejar claros en ninguna parte. Era un pelo negro con estilo, con elegancia, saber estar… pensaba Anselmo, no como los hippies que se dejaban esos pelos largos que parecían mujeres. Los hombres tenían que llevar el pelo corto y bien peinado a poder ser con la raya a un lado, no como los jóvenes de ahora que no hacían más que ponerse gominas, lacas, ceras y pamplinas. ¡Coño es que se dan más potingues que las mujeres!. ¡Ay! Los jóvenes de ahora… los ponía yo a segar espliego de sol a sol y no a pasear mochilas como van ahora, así entenderían lo que es de verdad trabajar y sufrir por vivir, no como ahora que van como marqueses: que si móvil, que si Ipod, que si ropa de marca… Yo llevaba pantalones cortos en invierno, eso sí con los calcetines hasta arriba y poco más podía tener salvo la ropa de los domingos para ir a la iglesia.

-Juan hijo mío, ¿vas a terminar de una vez? Es que me van a dar las uvas chiquillo…

-Tranquilo Anselmo que no me queda ya nada.

-Si no estuvieras de cháchara estaba ya en casa.

-No se cabree Anselmo, que las cosas se hacen mejor si uno está de buen humor.

         Pero que se habrá creído este tontolaba si yo soy una persona que tiene un carácter muy agradable, mi tía Carlota me lo decía siempre que yo era el bueno de los hermanos. ¡Ay! Mis hermanos... menudos garrulos, y encima malos como ellos solos; el Joaquín un borracho y mi hermana María una víbora mira que no ayudar a madre con…

         -¡Anselmo le toca!

martes, 16 de octubre de 2012

Creando un personaje


Cuestiones en la oscuridad

Según sus cuentas estarían ya muy cerca del año nuevo pero el calor en esas tierras era insoportable. La lastimera brisa que entraba por la pequeña apertura en torno a las gruesas paredes de la prisión, le producía a Alonso el único respiro de vida que le hacía no desfallecer en esa jaula que parecía un horno. Pensaba que había pasado un mes desde que le habían capturado en aquella emboscada en el camino a Acre. Los asaltantes eran unos cazarecompensas que buscaban a un ladrón de cabras de la zona. Todavía se maldecía de haber sido tan descuidado. Solo habían pasado unos meses de la caída de Jerusalén en manos de Saladino y Alonso iba a Acre en busca de un nuevo trabajo para su espada, le daba igual quien fuera el que le pagara con tal de que lo hiciera. La prisión de la ciudad de la que desconocía el nombre, era un lugar oscuro y tétrico en el que los gritos de los torturados disipaban el silencio sepulcral de aquella tumba de vivos. Compartía estancia con un ladrón de Alepo y un viejo del que no sabía nada, pero con solo observarle se impresionaba de la cantidad de huesos que tenía el cuerpo de los hombres.

De pronto, dos hombres con cimitarras en los cintos desataron a sus compañeros de celda y le dejaron solo durante un par de minutos. Las ataduras le aprisionaban las manos y los pies y su movilidad era nula, apenas podía levantar la cabeza. Cuando Alonso había bajado la guardia después de esos minutos, la cerradura de la puerta se abrió, apareciendo un encapuchado.

-Buenas tardes, me gustaría conocer algo más acerca de vos.

Después de aquella desconcertante aparición ,el encapuchado tomó un taburete de uno de los hombres armados que habían entrado y se sentó en frente. Alonso apreció un acento francés endurecido con un tono germano, pero no podía ver su rostro para poder analizarlo mejor.

-Mi lengua agradecería unas gotas de vino para que las palabras pudieran salir con fluidez, si sois tan amable mi señor- Alonso habló sin dudar un ápice ya que pensaba que era un simple interrogatorio para aclarar las cosas de las que le inculpaban. Poco tiempo después entró el otro hombre armado con un vaso rebosante de vino que el encapuchado dio de beber a Alonso.

-Espero que ya se encuentre todo como gustéis y ya podáis contestar a mis preguntas. Me gustaría comenzar por preguntaros qué hacéis por estas tierras y de qué familia provenís- En ese momento pareció que Alonso recuperaba todas sus fuerzas, puede que fuera por el vino, por el olor de los ropajes del misterioso interrogador o por haber escuchado la palabra familia. Familia, aquella palabra conseguía hacer pensar a Alonso puede que más que cualquier otra. Nunca había tenido una como tal se pudiera considerar y eso le había perseguido en su cabeza toda su vida.

-Soy un mercenario aragonés nacido en las tierras de Ribagorza. Vine a Tierra Santa hace unos años a hacer fortuna gracias a mi espada. Hace un mes me tendieron una emboscada cuando iba de camino a Acre. Viajaba solo y no hice nada para que me apresaran, según me dijeron estaban buscando a un ladrón de cabras pero no atendieron a razones. Intente hablar con ellos pero fue inútil…

- Eso ya lo sé, me han contado que pudisteis desarmar a tres de ellos antes de que pudieran ataros, pero no es lo que realmente me interesa. Habladme de vuestra familia y de que hace un mercenario aragonés tan lejos de sus tierras con la cantidad de trabajo que tendríais más cerca de ellas- refiriéndose a los conflictos con los almohades que mantenían los reinos peninsulares.

-Mis respuestas serian más precisas y rápidas si me pudierais liberar de mis ataduras y pudierais apagar mi sed con algo más de vino- Un chasquido hizo que los dos hombres armados se pusieran manos a la obra trajeron una mesa y otro taburete antes de desatarle, luego se colocaron detrás de Alonso en una posición bastante preventiva para lo que pudiera hacer el aragonés.

Alonso se estiró, lo que dio una ráfaga al misterioso encapuchado del olor a suciedad, sudor y excrementos de los que estaba impregnada su ropa, la cual se componía de poco más de un tabardo de cuero negro y unas botas en muy mal estado. Después de que el sentido del olfato del encapuchado se viera ampliamente superado teniendo que girar la cabeza hasta habituarse a la nueva sensación, este vio como Alonso parecía un hombre más bien delgado, pero que daba la impresión de ser más fuerte de lo que aparentaba. Llevaba una espesa barba negra, al igual que su pelo largo bastante despeinado en el que ya florecían algunos mechones grises. Parecía una persona muy seria, su cara era ruda y se apreciaba como endurecida tanto por el sol como por los acontecimientos de su vida. Sus ojos negros refulgían como el fuego de una hoguera en una noche oscura y le daban cierto aire de grandeza, de orgullo, a pesar de que su descuidado aspecto y pésimo estado le quitaban nobleza a esta última característica que había notado.

El mercenario apuró dos vasos de vino relamiendo las últimas gotas, viendo que sus acompañantes no le iban a servir más comenzó a hablar:

-Mi madre me crío hasta los doce años, pero unas fiebres se la llevaron. De mi padre nada sé, pero mi madre rezaba todos los días porque yo no fuera como él. Al morir ella fui al Monasterio de Alaón donde un monje me ayudo a sobrevivir para convertirme en lo que soy hoy. Poco me acuerdo de mi pobre madre, creo que los últimos días de su vida me marcaron de una forma que no desearía ni a mi peor enemigo. La pobre desgraciada sufría tanto por sus dolores que suplico a un más desgraciado niño de doce años que acabara con su sufrimiento, yo no podía hacer eso y la deje en la casa mientras maldecía mi nombre. Cuando regrese el Señor ya se la había llevado, poco mas recuerdo, pero aquellos gritos se anclaron en mi corazón de tal forma que todavía los recuerdo como si fueran ayer. Del resto solo recuerdo acudir al monasterio al atardecer, pidiendo a los monjes que me ayudaran a darle sepultura, entonces uno de ellos me acogió por pena y a raíz de ahí, viví casi como uno más del monasterio donde aprendí a leer, a escribir, a contar y a todo lo que pude asistir sin faltar con mis oraciones y mi trabajo en las tierras del monasterio en los ocho años que pase allí. Vine a Tierra Santa para alejarme de los problemas de mi tierra, no por devoción, la perdí hace tanto que ya ni me acuerdo... He visto actuar mejor a muchos de los que llaman infieles que a los “caballeros de Cristo”, que se queden con su Deux Vult, esta no es su tierra y por lo único que vienen italianos, franceses, ingleses… es por las tierras, la riqueza y poder hacerse el nombre que no pueden hacerse en sus hogares, no por fe, ni amor a Dios.

-Habláis demasiado Alonso, teníais razón en que el vino haría fluir vuestra lengua, pero no quiero que haga hervir vuestra sangre y que soltéis tal clase de improperios…

-Yo no os he dicho mi nombre, ¿Por qué lo sabéis?- interrumpió nervioso.

-Digamos que he venido en nombre de alguien más importante al que le interesa vuestra persona para un trabajo en el que sois bastante docto y por el cual sois gran conocido y tenido en alta estima. Pero eso es algo de lo que hablaremos más adelante. Habladme de esa historia de porque vinisteis aquí, suena a problemas de ladrón o más bien a problemas de faldas de ramera, soy todo oídos, ¡sorprendedme!

-¡Ramera lo será vuestra madre mi señor!- contestó agresivamente y de forma orgullosa Alonso cortando la carcajada en medio de la que se encontraba el encapuchado.

-Calmaos, no estáis en posición para hablarme de ese modo, sabéis que la pena a los extranjeros en estas tierras por robar es la muerte y yo podría acelerarlo por el simple hecho de agraviarme como lo habéis hecho- respondió tranquilamente el encapuchado.

-No temo a la muerte, ya todo se me ha quitado en esta vida- dijo Alonso tranquilizándose al escuchar el detalle de la pena de muerte

-No seáis iluso, me serviréis mejor vivo que muerto, además necesito saber el principio y el final de toda vuestra historia, sea con rameras o sin ellas. Rápido, los caballos nos esperan.

-¿Caballos? ¿Soy libre?- preguntó  sorprendido.

- Claro, no pensaréis que iba a perder mi valioso tiempo para charlar con un sucio y malhablado prisionero al que iban a ajusticiar mañana. Llevarle a la posada, yo iré al anochecer, tengo que arreglar unos asuntos- dijo a sus hombres. Los hombres le cogieron fuertemente por los brazos, uno de ellos llevaba un saco con el que tapó la cabeza de Alonso y rápidamente le sacaron de aquel oscuro lugar en el que había malvivido un mes, quien sabe si para acabar en un sitio peor...